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APELLIDOS DE ESPINAMA I
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Los apellidos surgen con la necesidad de diferenciar a personas con el mismo nombre. Cuando la población era reducida el nombre bastaba para identificar a una persona pero, a medida que crece el número de habitantes o la relación con gentes de otros lugares, surge la necesidad de distinguir a personas que llevan el mismo nombre. El modo de hacerlo fue igual que hacemos hoy en día cuando queremos referirnos a alguien de quien no sabemos su nombre: o indicando, si lo sabemos, de quién es hijo o haciendo alusión a algún rasgo físico distintivo o a su profesión o a su pueblo. Surgen así los apellidos.
La gran mayoría de los apellidos pueden agruparse en esas cuatro categorías:
En esta clasificación encajan buena parte de los apellidos tradicionales del Concejo de Espinama. Ya hemos citado alguno de ellos, como Benito, encuadrado en los patronímicos, y Calvo, incluido en la segunda categoría. De la cuarta, de los apellidos toponímicos, hay también una gran representación: Beares, Caldevilla, Portilla (estos dos últimos con origen en barrios de Las Ilces)...
Algunos apellidos pueden aparentemente inducir a la duda. Por ejemplo, Briz. Sin embargo, es un apellido antroponímico ya que, hace siglos, era nombre de varón, como se comprueba en el Cartulario de Santo Toribio en el que en un par de escrituras del siglo XIII se habla de la fiesta de "San Briz". De hecho, si uno busca por internet, verá que hubo una iglesia dedicada a este santo en Segovia y que está muy presente también en Galicia y en Teruel. Su fiesta se celebraba el 13 de noviembre.
Lo mismo sucede con Llorente, que era también nombre masculino. "San Llorente" se llaman dos localidades de Burgos y Valladolid. De hecho, en el padrón de moneda forera de Espinama de 1578, la más antigua relación de vecinos que conocemos, encontramos a un Llorente de las Ilces.
De algunos otros, iremos viendo algunas particularidades en próximas entregas, que comenzaremos con ese padrón de 1578.