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LA NOCHE DE SAN JUAN EN ESPINAMA

Una vez anochecido nos juntabamos todos los mozos, mozalbetes, chavaletes en un punto del pueblo, yo el que más recuerdo era en los soportales de la iglesia vieja.

El mayor de los mozos con ayuda del resto hacía inventario de los rosales del pueblo y luego hacía grupos de mozos y chavales para ir a robar las rosas a cada rosal inventariado.

Esta no era una labor fácil, porque los propietarios y, sobre todo, las propietarias nos recibían con agua, algunas lo tiraban caliente, otros cartuchos de sal, etc, motivo por lo que éramos varios los que abordábamos cada rosal. Y no era de extrañar, algunos iban con oceju en vez de navaja y el destrozo era grande.

Luego cada brigada aportaba su botín al lugar de encuentro, soportales o portalón donde una vez todo el montón de rosas en el suelo se comenzaba a hacer un bonito ramo con ellas contando las chicas que había por barrios, exceptuando aquellos que hacían el de su novia, pero ninguna jovencita del pueblo o visitante asidua, ni soltera en general, podía quedarse sin su ramo de rosas como premio y agrado o el cardo borriquero como castigo o desagrado.

Ahí había buen rollo, camaraderia, bromas, anécdotas del robo, bebida (garrafón de vino tinto, no vayan ustedes a imaginar lujos superfluos), etc.

Hechos los ramos todos los mozos juntos nos íbamos a poner al barrio que se decidiera primero y aupando unos más fuertes a los más chicos para esquilar hasta la ventana de la moza o jovencita y allí depositar esos ramos.

Siendo los novios en su caso los que con ayuda de todos hacían lo propio.

Esto duraba hasta altas horas de la madrugada y después solía correr el vino que se había comprado días antes.

Una hermosa tradición que no se si continúa.

Chuchi Quina, 23/6/2019

Nota.- Ilustro este recuerdo de Chuchi Quina con una imagen del rosal de Geni

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