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Vida diaria en los largos inviernos de Espinama

Hoy quiero contarles un recuerdo de mi niñez que uso cuando deseo estar otra vez con mi madre.

Veréis, cuando aún no creo hubiera cumplido los tres años... sí los tres, digo bien, en Espinama quiero recordar... los inviernos eran muy largos y muy fríos... Quitando las labores de: cebar, ordeñar mañana y noche, barrer las boñigas un par de veces y sacarlas a las boneras, aquí decíamos así, soltar a beber a las vacas y esgaramutar algún coloño de fresno para sumar a la hierba a las vacas de leche. Luego íbamos a la cuadra del ganado menudo y se les echaba otro poco de hierba en los pesebres y sobre todo se les colgaban algunos coloños de roble en los postes de la cuadra que les encantaba a las ovejas o cabras.

Pues bien, luego el día era corto de luz y largo de horas; tan sólo ya quedaba mantener la lumbre viva añadiendo astillas (aquí se decía estillas) porque el travesero, si era bueno, aguantaba hasta la noche, y las madres las labores de la casa, algún sequillo o también pastas porque las pobres disponían de más tiempo y almorzar con la torta de borona hecha en el ladrillo y a la lumbre (no era ladrillo, era plancha de hierro, pero la decían así)... No había otra cosa más que hacer si no era abrir sendas con la pala de mano para llegar a leñeros, cuadras, plaza y escuelas...

Y llegaba la noche; después de cenar, en nuestra casa se juntaban varios vecinos próximos a pasar unas horas juntos y muy entrañables. Lo decían "velar", no sé si se escribe con v o con b, ya me vais a disculpar. Bueno, sigo, nos habían mandado de Madrid una radio de frontal de un tejido como granate y gran dial donde enumeraba las frecuencias de cada emisora y dos grandes botones, el del volumen y el de búsqueda de emisora que no valía de mucho, pues recuerdo que sólo había RNE y ruidos en el resto. Cada noche todos oíamos un capítulo de un serial, novela imagino, en completo silencio en torno a la lumbre y las trébedes donde, por falta de sitio, alguno se sentaba; además era un lugar éste donde yo me acurrucaba con mis dos gatos, Simón y Simona, si mi madre no me podía tener en brazos, pues mientras se hablaba y escuchaba, la gente desgranaba unas panojas que por riguroso turno llevábamos a moler al molín Quintana. También cuando finalizaba el capítulo se comentaba, el cura rezaba un rosario, era entonces vecino de casa, Priano nos contaba cosas de la guerra y yo, acurrucado en el regazo de mi madre, en un duermevela oyendo el murmullo lejano, me sentía en lo que pienso es la felicidad. No recuerdo nada más placentero.

Mami cómo te extraño, mil besos.

Chuchi Quina. 18/10/2017

La imagen del aparato de radio que incorporo al relato de Chuchi Quina procede de esta página

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