¡Aquellos febreros...!


Copio este texto de Chuchi Quina en el que recuerda los febreros de su infancia en Espinama:

Foto de 2009 de los padres del autor. Pulse para verla a mayor tamaño

«Mi mundo a través de los cristales de aquella vieja ventana con sus contraventanas de madera.

Siendo muy niño, hace no menos de sesenta y cinco largos años, mi vida en estos cortos días de febrero transcurrían muchas de sus horas de luz natural, tenue luz natural, a través de la ventana que había detrás de la cocina económica y sobre unas grandes trébedes de azulejos blancos de 15x15 cm. Éstas estaban sobre una lumbre baja donde se arrimaban los pucheros de un asa y cuya panza redondeada tenia ya un color negro debido a su exposición al fuego directo y del centro, colgando de las larias se cocía la labaza o comida de los chones en un viejo caldero de un asa semicircular. Esta consistía en patatas ruines o malformadas, hojas de berza, nabos, remolachas, brullos, (peladuras de patatas), etc, etc. En los techos ondeaban colgados de largos palos las ristras de chorizos, longanizas, morcillas, papadas, boronos y quesucos sobre una larga tabla plana, algún ramillete de orégano y de té de puerto secando todo ello al calor de la lumbre.

Los olores de aquel entrañable lugar eran múltiples, pimentón, chorizo, morcilla, queso, labaza, guiso del día y a veces también olores a pan recién hecho en el horno cuya boca daba a la cocina, detrás de la económica, sí tocaba amasar ese día.

En aquellas trébedes vivía yo el invierno, con mis sueños y mis realidades, en calcetines, poca ropa y los azulejos calentitos....

Mis gatos, Simón y Simona, enroscados entre mis piernas con su ronroneo, mis dedos de niño acariciando aquel pelo tan suave y mi vista perdida en lo que a través de aquella ventana ocurría en mi pequeño mundo y mis ojitos de niño podían ver.

Era una tarde muy gris, típica del norte en invierno, la lluvia arreciaba formando pequeños regueros o ríos que surcando los cristales de la vieja ventana, los recorrían haciendo caprichosas figuras, además poco a poco se estaban empañando debido al calor del interior y al contraste con el frío del exterior en aquellos atardeceres de Picos de Europa.

La tarde iba apagándose porque cada vez había menos visibilidad exterior, entonces no existía luz artificial ni tampoco la calle estaba asfaltada, eran piedras y barro y cuando llovía un gran reguero recorría ésta bajando hacia el encuentro con el río, desagüe natural.

Mi mirada fija en aquella calle a través de aquellos cristales, la silueta de peña Valdecoro y de los castros del Cuetu del Gato hasta que les veía desaparecer por completo con la ausencia de luz natural. Por la calle los vecinos iban de un sitio para otro hacia sus cuadras para atender sus ganados, cebar, ordeñar, barrer las boñigas y de vuelta a casa traer un brazado de astillas, allí estillas, para no tener que volver al leñeru hasta la mañana siguiente. En casa sentía a mi madre trastear preparando algo de cenar y antes el calderu de la labaza de los cerdos que había que llevarles a la cochinera, de fondo la oía canturrear alguna canción como muñequita linda, etc.... En la calle algún sonido de personas corto y ahogado, de aquellos saludos que se hacían en las noches donde no se veía ni con el farol que a duras penas te servía para ver donde poner las albarcas, al cruzarse con otra persona, en aquellas noches tenebrosas cuando aún había maquis en la zona de Espinama, eih! respondía eih!, por su respuesta ya sabías quien era por el timbre de su voz.... La noche se iba haciendo más oscura cada vez, mientras la lluvia arreciaba, sabías que era así por el sonido fuerte de los goterones y de los canalones desaguando en la calle y otras veces por el viento cuya lluvia estrellaba contra los cristales de la ventana.

Pronto comenzaban los ladridos de los perros lejanos, tambien cercanos al ratito porque se contagiaban unos a otros, algún bramido de vaca parida llamando a su jatín del cortijo, alguna oveja balando por los mismos motivos que la vaca y de vez en cuando aquellos horribles graznidos de unas aves frías que daban miedo.

En éstas, mi madre cerraba las contraventanas aquellas de madera y siempre con el mismo comentario, es muy oscuro y a nadie le importa nada lo que hay en nuestra casa.

Buffffffff, mi cine finalizaba, el cine en vivo de aquel mundo que veía a través de los cristales de aquella vieja ventana.

Te añoro mucho, mama, mil besos

La ventana existe todavía, aunque ya es un poco más moderna, pero la misma ubicación, barrio de Quintana en Espinama, Cantabria, España.

11-2-2022. Chuchi Quina»